Una obra se convierte en gesto cultural cuando deja de ser experimentada, cuando basta con saber que existe para cumplir su función. Cuando tan solo espera un asentimiento por parte del espectador: sí, esto cuenta. En ese momento, la obra deja el terreno de la experiencia para operar en el de la señal: señala posición, pertenencia, alineación… dice “aquí estoy”, y con eso basta. Se trata de una mecánica que se ha vuelto dominante en la cultura contemporánea. Durante mucho tiempo, incluso las obras más conceptuales necesitaban algo del espectador: incomodarlo, desorientarlo, forzarlo a permanecer… sin embargo, ahora muchas funcionan a distancia. El recorrido se acorta y basta con el reconocimiento sin mirada, el entendimiento del gesto cuando “entender” no es más que saber de qué lado está la obra.
Debería intentar aclarar antes de nada qué no convierte a una obra en gesto cultural: no lo hace su compromiso político, ni su vocación social, ni su minimalismo formal, ni su dependencia del texto. El problema es el momento en que la idea sustituye por completo a la experiencia. Mientras haya algo que no se resuelva leyendo una pared, mientras la obra exija una presencia incómoda, sigue habiendo arte. El gesto aparece cuando esa exigencia desaparece. La obra dice algo, y lo dice con claridad suficiente como para no generar conflicto. En ese umbral, la experiencia deja de ser necesaria.
Esto fue anticipado por Benjamin cuando habló de la pérdida
del aura porque la reproducción técnica desplazó el anclaje del arte: del
ritual a la circulación. Cuando una obra se define más por dónde y cómo circula
que por lo que hace en quien la enfrenta, empieza a convertirse en signo. Su
eficacia deja de depender de una experiencia singular para depender de su
legibilidad cultural, y esto se intensifica cuando el discurso ocupa todo el
espacio. En muchas exposiciones actuales la obra es exquisitamente prescindible:
el texto contiene el sentido, la imagen solo lo ilustra. El espectador podría
saltarse la experiencia y no perder nada relevante. La obra existe para ser
citada, compartida, alineada con un marco previo. Funciona incluso sin ser
vivida.
Danto, por su parte, formuló una versión extrema del
problema: si dos objetos perceptivamente idénticos pueden ser o no ser arte
según el contexto, entonces el arte depende del “mundo del arte”. Cuando el
contexto lo es todo, la experiencia puede dejar de importar. El gesto cultural
aparece cuando la obra ya no necesita al mundo sensible porque su estatuto está
garantizado por el marco. Apenas hay riesgo, solo confirmación.
Este “gesto cultural” no incomoda: tranquiliza. Dice al
espectador que está en el lado correcto, que entiende, que comparte valores.
Solo le pide reafirmar su identidad cultural. Así, el gesto funciona mejor
cuanto más previsible. La sorpresa es un problema y la ambigüedad, un estorbo. La obra debe ser
clara, rápida, alineable. Debe poder ser defendida sin haber sido experimentada
a fondo.
En este sentido, Adorno fue más duro: cuando el arte deja de
resistir, se vuelve cultura en el sentido más plano porque confirma el mundo en
lugar de tensarlo. Incluso la crítica se convierte en decoración moral llegados
a ese punto. Todo en su lugar: el espectador informado, la obra correcta, el
discurso adecuado. Nadie sale alterado.
Esta lógica gana peso cuando la obra cumple una función
social identificable, y aquí entra la advertencia de Claire Bishop: muchas
prácticas participativas o socialmente comprometidas fracasan por confundir
valor ético con valor estético. Cuando la justificación moral sustituye a la
exigencia formal o experiencial, la obra se protege de la crítica. Se vuelve
intocable… y lo intocable rara vez es peligroso.
En el plano social, Pierre Bourdieu mostró con claridad cómo
el campo cultural funciona mediante oposiciones, capital simbólico y
distinción. Muchas obras buscan más posicionarse que producir experiencia. No
importa tanto lo que hacen como lo que señalan y, en ese juego, la obra cumple
su función, aunque nadie la viva de verdad.
El resultado es una paradoja: obras que hablan de conflicto
sin generar conflicto alguno en su recepción. Se consumen como signos de
conciencia, y aquí el análisis de Debord sigue siendo pertinente: incluso la
crítica puede integrarse al espectáculo. Allí donde la denuncia se vuelve imagen
reconocible, pierde filo. Circula, se aplaude, se archiva. El gesto cultural es
crítica neutralizada.
Podríamos llegar a una conclusión cínica; que todo arte
termina siendo gesto cultural, y podríamos estar en lo cierto ya que, en parte,
toda obra entra en circulación simbólica, re institucionaliza y se vuelve
referencia. Pero no todas nacen como gesto, y ahí está el valor. La diferencia
está en el punto de partida. Hay obras que, en su inicio, ya piden algo que no
puede resolverse mediante adhesión: exigen tiempo, incomodidad o incluso
rechazo. Y es aquí donde resulta útil la formulación de Groys: el arte contemporáneo
tiende a convertirse en declaración, en acto de visibilización. El riesgo nace
cuando la declaración agota la obra. Cuando lo importante es decir algo y no
transformar nada en quien se expone a ella. El gesto cultural es el arte que
solo quiere ser visto como significativo.
Por tanto, podríamos decir que una obra sigue siendo arte
mientras produce una experiencia que no puede ser sustituida por su
explicación, mientras haya algo que se pierde si no estás ahí, si no miras, si
no comulgas con el tiempo de la obra. Se convierte en gesto cultural cuando su
función principal es ser reconocida como tal, cuando basta con estar de
acuerdo. El problema, pues, radica en que el arte deje de ser peligroso incluso
para quienes lo defienden, porque cuando una obra pierde su capacidad de incomodar,
lo más probable es que ya no esté haciendo su labor como arte, sino como un
gesto cultural perfectamente integrado.
Bibliografía
Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica. En Discursos interrumpidos I. Madrid: Taurus
Adorno, T. W. (2004). Teoría estética. Madrid: Akal.
Danto, A. D. (2002). La transfiguración del lugar común.
Barcelona: Paidós.
Bourdieu, P. (2005). Las reglas del arte. Génesis y
estructura del campo literario. Barcelona: Anagrama.
Debord, G. (2012). La sociedad del espectáculo.
Valencia: Pre-Textos
Bishop, C. (2016). Infiernos artificiales. Arte
participativo y políticas de la espectaduría. Madrid: Museo Nacional Centro
de Arte Reina Sofía.
Groys, B. (2016). Arte en flujo. Ensayos sobre arte
contemporáneo. Madrid; Caja Negra.

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