Una obra se convierte en gesto cultural cuando deja de ser experimentada, cuando basta con saber que existe para cumplir su función. Cuando tan solo espera un asentimiento por parte del espectador: sí, esto cuenta. En ese momento, la obra deja el terreno de la experiencia para operar en el de la señal: señala posición, pertenencia, alineación… dice “aquí estoy”, y con eso basta. Se trata de una mecánica que se ha vuelto dominante en la cultura contemporánea. Durante mucho tiempo, incluso las obras más conceptuales necesitaban algo del espectador: incomodarlo, desorientarlo, forzarlo a permanecer… sin embargo, ahora muchas funcionan a distancia. El recorrido se acorta y basta con el reconocimiento sin mirada, el entendimiento del gesto cuando “entender” no es más que saber de qué lado está la obra.